Escena inédita de Letargo de Jessica Galera

19 septiembre 2016

Como ya sabéis por la entrada anterior, cinco blogs formamos parte del Blog Tour que se esta realizando por la publicación de la segunda parte de la saga Divano, con nombre Quid Pro Quo. Cada día uno de los blogs ha ido subiendo una entrada especial con contenido exclusivo para vosotros.
Y hoy es mi turno. Os traigo en primicia, una escena inédita no incluida en ninguna de las ediciones -ni impresa ni digital- de "Letargo", que solo podréis encontrar aqui en este blog. 
La escena está situada en la pagina 174 del primer libro. A todos aquellos que no habéis leído Letargo, no os preocupéis, no hay spoilers, y podréis haceros una idea general de como narra la autora.
Los que ya habéis tenido la oportunidad de leer la primera parte, sabréis localizar el punto exacto en el que acontece esta escena.
Os recuerdo que sigue activo el sorteo que se está realizando por el Blog Tour.
De nuevo, muchísimas gracias a la autora y a los cuatro blogs más que han hecho esto posible.


Aparco frente a la casa de la abuela, como de costumbre pero el nudo en el estómago me recuerda que hoy no es como siempre. Deos está sentado a mi lado. Sigo preguntándome qué le habrán dicho Diorah y Asalian cuando les informó de que hoy sería él quien se quedaría conmigo. No ha hecho la más mínima alusión a ese asunto desde que hemos salido de la casa y por tanto no quiero forzarlo a contarme algo que, con toda seguridad es incómodo y desagradable. Por ridículo que suene, los dos ángeles temen que entre él y yo pueda suceder algo, así que sobradamente sé que no les ha hecho gracia. Pero la misión que debo llevar a cabo hoy es de vital importancia para todo el asunto del caos dimensional, de modo que confío en que más adelante, tanto Diorah como Asalian den por bien invertida la compañía del divano.
Salgo del coche, con las manos sudando y recojo la mochila que había en el asiento trasero. Deos sale también por la portezuela del copiloto y me mira; después, escudriña la fachada de la casa, como si valorase algo.
-Subiré... a tu habitación -me dice. Pensaría que está nervioso de no ser porque es imposible que el banal acto de entrar en la habitación de una chica, pudiera ponerlo nervioso. Supongo que lo que realmente le sucede es que está incómodo; no le agrada la idea de ser él quien tenga que cuidar de mí pero esta tarde yo he insistido como una cría caprichosa y él ha terminado accediendo.

Yo me limito a asentir.
Cuando entro en la casa, la cena está ya puesta y Sean toma asiento en la cocina, tomando la deliciosa sopa de verduras que mi abuela prepara. Ella está cocinando y al verme llegar se vuelve, como si hubiese visto un fantasma. Llevo tanto tiempo cenando en mi habitación, aislada de todos... -Hola -los saludo a los dos.
-¿Vas a cenar aquí, cariño? -me pregunta ella.
-Sí -respondo, mientras tomo asiento.
Es curioso: meses cenando en mi cuarto y el día que tengo allí a un chico que quita el hipo -mejor dicho, a un ángel que quita el hipo- lo hago en la cocina. Supongo que no quiero que me vea engullir la sopa ni el pescado al horno que mi abuela ha preparado.
A pesar del clima de normalidad que tratamos de conferirle a la 'velada' familiar, es evidente que esto dista mucho de serlo. Sean lleva toda la cena con los ojos fijos en las páginas de un pequeño libro al que le han caído ya un par de gotas de sopa. Mi abuela ni siquiera se atreve a levantar la mirada del plato y yo... estoy tan nerviosa sabiendo que Deos está en mi cuarto que lo único que quiero es acabar cuanto antes y subir. No es por nada; supongo que no es lo más normal del mundo que un chico al que conoces desde hace pocas semanas esté paseándose por tu habitación mientras tú cenas tranquilamente en el piso de abajo. Por momentos me siento ridícula. ¿Qué temo? ¿Que hurgue entre mis cosas? No es ningún cotilla.
Sea como fuere, lo único claro es que a mi familia y a mí misma nos queda un largo camino hacia esa ansiada normalidad, un camino que por primera vez en mucho tiempo, estoy dispuesta a recorrer, aunque me temo que no podré empezar ahora; simple y llanamente porque en este momento, mi vida tiene muy poco de normal.
Apenas deben haber transcurrido unos 20 minutos cuando aparto la silla de la mesa, introduzco plato, cubiertos y vaso en el lavavajillas y me encamino hacia la puerta. Sean continúa enfrascado en su lectura y mi abuela me mira, en una muda súplica o puede que en una silenciosa oración. No lo sé. Aunque a veces me cuesta admitírmelo, incluso a mí misma, admiro la capacidad de aguante que tiene. Yo me habría enviado al diablo hace mucho tiempo. Me dedica una débil sonrisa a la que intento responder, diría que sin éxito y subo la escalera despacio, no sin antes detenerme un par de veces. No sé si por la situación que dejo en la cocina o por el nerviosismo de saber que voy a encontrarme con Deos en mi habitación, probablemente... no, seguramente el rincón más íntimo de existencia. Tomo aire al situarme frente a la puerta e intento tranquilizarme. Por dios, fui yo quien le pidió que viniera, así que Tayra, deja de actuar como si se hubiera presentado en tu casa por sorpresa.
Abro la puerta sin más y lo encuentro sentado sobre mi cama, de espaldas a mí. Lo más 
sorprendente de todo es que, al verme entrar, coloca la fotografía que estaba mirando sobre la mesilla de noche, una foto en la que estamos Sean, mis padres y yo; lo hace con toda la tranquilidad del mundo y no como si hubiera sido descubierto, haciendo algo que no debería. ¡Qué estupidez! -me digo a mí misma-. ¿Qué tiene de malo que mire una foto?
-¿Te ha dado tiempo a cenar? -me pregunta, dándose media vuelta y aún sentado en mi cama. Se ha quitado la cazadora de cuero y ahora lleva solo una camiseta negra de manga corta.
-Sí. Prefiero cenas ligeras; de lo contrario no puedo pegar ojo.
Él se levanta y camina hasta el escritorio, donde hay un enorme póster con todas las constelaciones existentes; fotografías de galaxias, el Sistema Solar...

Mientras las observa con detenimiento, yo cojo el pijama, incapaz de dejar de mirarlo a él. Me parece increíble tenerlo en mi habitación, verlo paseándose entre mis cosas, tocando la mesa. Dios... Apoyado aún sobre la superficie atestada de papeles en que se ha convertido mi escritorio desde la última vez que lo ordené, se vuelve y me mira.
-¿Tienes que cambiarte? -me pregunta.
Abro la boca y no respondo. Sí que iba a cambiarme pero puedo hacerlo en el baño. Sin embargo, él se adelanta y se acerca a la ventana, que permanece abierta.
-Esperaré fuera.
-Deos... -murmuro al ver que se sube al alféizar y agacha la cabeza para salir. Él se detiene y me mira-. Es peligroso... -le digo. No he acabado la frase y ya me siento ridícula. ¡Oh, qué osadía! Un ángel guerrero, acostumbrado a luchar en el infierno, desafiando la ley de la gravedad en mi ventana.
Como si fuera capaz de leer mi pensamiento, él sonríe y sale fuera. Me llevo las manos a la cara y me aparto el pelo, recogiéndolo en un moño improvisado con una horquilla. Resoplo y me obligo a relajar las cosas, a tranquilizarme un poco. Me cambio de ropa y y ya con el pijama puesto, avanzo hacia la ventana. Al asomarme lo encuentro sentado sobre el tejado, observando el lejano horizonte. El viento mece las ondas de su pelo rubio y él parece sumido en sus pensamientos, como si lo que fuese que le ronda la cabeza, lo mantuviera muy lejos de aquí. La noche hoy no es especialmente fría pero aun así, no estaría cómodo en manga corta si fuera humano; no lo es.
Segunda vez que vuelve a pillarme mirándolo y cada vez que lo hace me da un vuelco el estómago. -¿Te gusta el cielo? -me pregunta. Frunzo el ceño, confusa-. En tu escritorio -me aclara-, tienes un observatorio al completo.
Sonrío al comprenderlo.
-Fotografías -respondo-. Sólo fotografías. Me encanta todo cuanto puede verse en el cielo por la noche. El universo es mágico. El ser humano vive admirado en su propia grandeza pero cuando llega la noche, el cielo nos recuerda lo pequeños que somos... No aquí, claro.
-¿No aquí? -pregunta.
-Aquí no se ve nada -respondo mientras alzo la mirada al cielo. Las potentes luces de las farolas que iluminan la calle y el viejo polígono industrial, que no queda muy lejos, emiten tal cantidad de luz que es imposible atisbar una estrella-. Sin ir más lejos, ayer por la noche empezaron las Lágrimas de Irinea, una lluvia de estrellas fugaces que no volverá a verse hasta dentro de 50 años. Y nada. Hoy aún debería poder verse. ¿Tú ves alguna?
No, no puede ver ninguna, puesto que no mira la cielo, sino a mí. Pero si lo hiciera tampoco vería nada. Unos segundos después, sonríe, se pone en pie y extiende el brazo hacia mí.
-Ven.
-¿Qué?¿Adónde?
-Tú ven.
-Estás loco. Si salgo por esta ventana, estaré muerta en dos minutos -le digo, observando la caída. -¿Y por qué ibas a estar muerta en dos minutos? -pregunta, divertido.
-Resbalaré... Soy torpe.
Se ríe y por primera vez noto que me falta el oxígeno, aunque paradójicamente su rostro ahora es un soplo de aire. Por primera vez asocio la circunstancia de morir y llegar al Paraíso con un rostro, el suyo; y no con un sitio o un estado.

 -Escucha, no...
-Deberías reír más a menudo -lo interrumpo. Dios, ¿Por qué le he dicho eso?
Él atenúa la curva de sus labios sin dejar de mirarme.
-Te... te prefiero así a eternamente enfadado, como estás casi siempre.
Asiente, sin decir nada.
Y lo hago. Salgo por la ventana, sujetándome en el alféizar. De sobra sé que si resbalo, él se limitará a mirar cómo me estampo contra el suelo, pues no puede intervenir y dado que esto no es algo que tenga que ver con un perdido, no lo haría. Pero ¿qué es la vida sin un poco de riesgo?
Lo sigo mientras él camina con la mayor facilidad del mundo, como si estuviera avanzando por un camino llano de lo más normal y no por los inclinados tejados de la casa de mi abuela. Prácticamente gateando llego hasta su lado pero, tal y como le advertí, desde aquí no se ve nada. -Espera -me dice.
Avanza un poco más, sorteando la ventana que da la desván, cuyo paso es extremadamente estrecho. Se me forma un nudo en la garganta mientras lo veo cruzar con algo más de dificultad, hacia el otro lado de la fachada. Y entonces, me yergo aún más.
-Deos -exclamo-. Ten cuidado. Eso es un cable de alta tensión.
Me mira y sonríe.
-Pues que la baje un poco.
Sujeta el cable con la mano y un chispazo precede a la fuerte explosión que deja toda la calle a oscuras. ¿Toda la calle he dicho? Las luces del polígono están completamente apagadas; diría que ha fundido media ciudad. Sin embargo, la oscuridad no es total aquí. La luna llena corona un firmamento salpicado de estrellas, algo que sólo puedo admirar cuando Deos regresa a mi lado y se sienta. Distingo una herida en su mano pero él no dice nada al respecto. La sujeto en un acto instintivo.
-Dios mío... -murmuro.
-No es nada -responde él-. Ahí tienes tu cielo.
Sonrío sin soltarle la mano. Y sin dejar de mirarlo.
-Arriba -me dice él.
Río de forma nerviosa, o estúpida, más bien.
-Un apagón -logro articular-. Sutileza divana, ¿no?
-Algo así.
Suspiro y observo el azul aterciopelado del cielo. Las estrellas lo puntean como un vestido de lentejuelas, titilando allá a lo lejos, en la vastedad del universo, mientras nosotros, aquí, recibimos apenas una ínfima parte de su magnificencia. Me muerdo el labio, incrédula al ver trazarse en el cielo el rastro de las Lágrimas de Irinea. Es increíble poder estar viéndolo.
-Mi abuelo solía decir que las estrellas fugaces son ángeles surcando el cielo.
Evocar al recuerdo de mi abuelo, me llena los ojos de lágrimas. Supongo que es porque ya no está y porque las noches así, de las que apenas puedo disfrutar en esta parte de la ciudad -en ninguna, a decir verdad-, me recuerdan a él: serenas, tranquilas, silenciosas.
Deos está mirando el horizonte sin borrar la sonrisa de los labios. No es la risa abierta de antes pero es igualmente mágica. El viento le coloca algún mechón en la cara.
-En algún lugar de ahí arriba él estará sonriéndose -vuelvo a decir-. No estoy viendo ángeles surcar el cielo en forma de estrellas fugaces pero sí estoy viendo estrellas fugaces surcar el cielo con un ángel.
-Algo es algo, ¿no? -murmura, sin apenas voz.
Sonrío.
-Es muchísimo más de lo que podía esperar.
Sin dejar de sonreír, vuelve a mirar nuestras manos, pues sigo jugueteando con la suya de forma nerviosa y entonces compruebo que la herida ya se le ha curado. A pesar del airecillo de la noche, casi siento que me fundo con su tacto, que por momentos llega a hacérseme más que necesario; vital, casi. Por suerte, amparada en la oscuridad, el rubor resulta más sencillo de enmascarar. Lo suelto despacio, reacia a hacerlo pero consciente de que va a pensar cosas que no son. 
-¿Esto existe en tu mundo? -le pregunto, tratando de quebrar el silencio.
-No este mismo cielo -responde él al fin-. Pero cuando los demonios dan tregua en Los Páramos, las noches en calma se parecen mucho a esto.
-¿Y se paran los ángeles a admirar el cielo?
-Te paras a admirar todo aquello que te parece lejano e inaccesible. La paz lo es para nosotros. Cuando esta se respira, ¿cómo no ha de admirarse?
-¿No te cansas de luchar?
-¿Te cansas tú de respirar? -murmura. Se echa un poco hacia atrás, apoyándose sobre sus codos. El tejado está aquí ligeramente inclinado pero él se sostiene como si nada. Yo debo tener los dedos de los pies blancos de la fuerza que hago con ellos para no resbalarme. Sólo ahora reparo en que llevo las zapatillas puestas. Qué glamouroso...
-A veces sí -respondo, tras un silencio eterno.
-Pues yo también me canso, a veces, de luchar. Pero es algo inherente a nosotros mismos. Tú respiras para vivir. Yo vivo para luchar.
Es curioso; llevo un montón de tiempo desando ver esto: Las Lágrimas de Irinea. Y ahora soy incapaz de alzar la mirada al cielo.
Cierro los ojos y me quito la horquilla, dejando mi pelo suelto. Me gusta que el viento lo zarandee, que se cuele entre mis mechones, dotándome de la sensación de volar.
-¿No tenéis alas? -Abro los ojos de nuevo. Deos me está mirando con la expresión más serena que le recuerdo desde que lo conozco; aunque ya no sonríe, su rictus sigue desprendiendo paz. Paz y algo más. Tarda unos segundos en responder, como si no se hubiera percatado de la pregunta.
-Han de invocarse. Pero no resultan muy discretas aquí.
-Volar ha de ser mágico -murmuro. Rápidamente me doy cuenta de que ha parecido una indirecta. Lo miro y él vuelve a mirar al frente, sonriendo.
-No te conformas con nada, eh.
-¡No! Yo no... no te estaba...es decir...
-Acabo de regalarte el cielo -susurra, su rostro muy cerca del mío, mientras el mayor escalofrío que he sentido en mi vida me recorre como un chispazo de la cabeza a los pies. Después, se incorpora-. Tendrás que conformarte con eso de momento.
-Es mucho más de lo que podía esperar. Y no puedo más que darte las gracias.
Desciende un poco más sobre el tejado inclinado y se da la vuelta, mirándome, mientras yo sigo hablando.
-Gracias por estar ahí, por salvarme... Y gracias por esta noche.
-De nada -responde él, tras un largo silencio.
-¿Es hora de irse ya? -pregunto.
-Tu abuela está llamando a la puerta de tu habitación -me dice Deos-. Debe estar preocupada con el apagón.
Cierro los ojos y suspiro, resignada a ver interrumpido este momento mágico.
-¿Por qué todo aquello que merece la pena dura tan poco? -pregunto, mientras me levanto y me sacudo el pijama.
-Por eso merece la pena -responde Deos-. Porque dura poco.
-Ya...
-Ve despacio -me indica-. Has cerrado la puerta de tu cuarto y ella no va a entrar hasta que tú le abras. Mira bien dónde pones cada pie; busca antes una sujeción con la mano, si es necesario. Sonrío mientras él da media vuelta y sigue descendiendo por el tejado ladeado. Yo lo sigo, despacio pero, cómo no, acabo trastabillándome y resbalo hasta topar con su espalda. Si se tratase de un chico cualquiera, el empujón lo habría arrastrado hasta hacerlo caer y romperse unos cuantos huesos contra el suelo o quizás, algo peor. Pero no es un chico normal, de modo que lo arrastro hasta que se detiene bruscamente al llegar al filo, frente a la canaleta. En un acto instintivo, me sujeto con fuerza a sus brazos, mientras mantengo la cara pegada a su espalda, incapaz de efectuar el menor movimiento. Los latidos de mi corazón se disparan y siento todo mi cuerpo temblando. Permanecemos inmóviles durante unos segundos extraños y silenciosos. Alzo momentáneamente el 
rostro y constato el punto en el que estamos, a apenas cinco centímetros de la caída. Bajo la cabeza de nuevo, apoyando, en este caso la frente, sobre la base de su nuca. Unos segundos después, él gira ligeramente el cuello y me encuentro con su mirada.
-Si estoy bien, ¿no? -le pregunto, aún temblando-. Estoy bien.
Sonríe de un modo apenas perceptible. Pero yo lo percibo porque lo tengo demasiado cerca porque estoy mirando sus labios, amarrando interiormente la tentación de darle un beso, un deseo que se me presenta demasiado a menudo, cada vez que lo tengo cerca. Aprieto mis dedos en torno a sus brazos y me impregno del olor de su camiseta, de su pelo.
-Tu abuela se está impacientando -me susurra.
Lo suelto, azorada, y me aparto pero antes de que haya logrado dar un solo paso, lo sujeto de la mano, alterada por algo en lo que acabo de reparar ahora.
-¿Qué pasa? -pregunta.
-¿Has intervenido? -susurro, aterrada. Lo único que ha impedido que yo cayese al suelo ha sido agarrarme a él, topar con su cuerpo.
-Yo no he hecho nada. Ni siquiera me he movido.

Me mira, como si sopesase la credulidad que le doy a sus palabras. Otra no intervención al límite. ¿Cuántas van ya?
-Es decir -le digo yo, sin soltar su mano aún- que si soy yo la que se agarra, no... ¿no se consideraría intervención?

Recupera la sonrisa mientras observa nuestras manos de nuevo.
-Intervenir es hacer algo por salvarte -responde-. Si eres tú quien busca el modo de hacerlo, ¿por qué el Cielo iba a hacerme pagar a mí?
Asiento, aunque no estoy muy convencida de que esté siendo sincero conmigo. ¿Acaso me lo diría si cruzase esa línea? ¿Me daría cuenta yo?
-Será mejor que entremos -murmura.
Caminamos de la mano hasta llegar a la ventana. Parece que la vergüenza me dota de una habilidad en las azoteas que no logra concederme mi propio cuerpo. La vergüenza y su mano, que no me agarraría si me descolgase pero por ridículo que suene creo que con tal de no soltarlo, tengo asegurado el no caerme.
Al entrar, me deshago rápidamente de mi abuela y ante la inescrutable mirada de Deos, que se ha sentado en el sillón que hay junto a la cama, me introduzco en esta a dormir. En pocas horas tendré que volver a llamarlo para acudir hasta el faro.
-Buenas noches -le digo.
-Buenas noches.´ 


Hasta aquí la escena. ¿Qué os ha parecido? Yo no he podido evitar pensar en que quiero leer ya la segunda parte que para los que no lo sepáis, está actualmente en preventa en Amazon y solo cuesta 0`99. Puedes conseguirlo AQUÍ.

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7 comentarios:

  1. Como no he leido nada de esta obra paso de puntillas.
    Un saludo

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  2. ¡Hola! no he leído los libros, así que no leeré la escena, pero miraré de que trata la historia,
    Un beso.

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  3. ¡Hola!
    No he leído mucho pero si que me he apuntado el libro porque me ha llamado bastante la atención, gracias por la entrada.
    ¡Un beso!

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  4. ¡Hola, aquí la autora de la novela! En primer lugar, mil gracias a Laura por el rinconcito en su blog para todo lo concerniente al Blog Tour. Como bien ha explicado ella en la entrada, la escena no revela absolutamente nada de la trama, así que se puede leer sin miedo. ¡Besos y gracias!

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  5. D: No he querido leerlo por si hay spoiler o algo, porque es una libro que espero poder leerlo pronto. En cuanto lo tenga ¡Prometo leerme la escena inédita!

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  6. Hola! Lo veo un poco por encima porque aún no he leído el libro pero pinta interesante.
    Un beso :)

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  7. ¡Hola!
    Pues yo no he leído el libro, de hecho, ninguno de la autora, pero me ha gustado un montón, y creo que quiero leerlo jejeje. ¡Lo apunto!
    Gracias por la escena.
    ¡Un besazo!

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